Entrevista a Arno Stern

Arno Stern, fundador de un nuevo campo científico: la semiología de la expresión

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Hace más de treinta años que creé y trabajo en un espacio, el Closlieu, un lugar para que las personas, y en especial los niños, experimenten el juego de pintar.

¿Cuál es entonces su papel?

Soy un servidor, les hago la vida agradable, y esa función transforma las actitudes. Es lo contrario a una sociedad competitiva en la que se establecen objetivos y se prepara a los niños para un futuro que va en detrimento de su presente.

Es un difícil equilibrio.

Siempre los estamos empujando hacia delante. Los alejamos cada vez más de ser y les imponemos el devenir. La vida en el Closlieu transcurre en el momento presente, no se pinta para luego mostrarlo a otros, no hay un luego.

Hacer por el placer de hacer.

Sí, y esa es una actitud creadora, una experiencia extremadamente importante para los niños, que se realizan plenamente y viven la relación con los otros. Se crea un equilibrio y no una contradicción, y esto repercute enormemente en su vida cotidiana.

Usted acabó encargándose de un grupo de niños huérfanos de guerra en Francia.

Se me pidió que los ocupase, era justo después de la guerra, en Francia no había nada. Encontré lápices y unos papeles reciclados, les hice dibujar y vi que sentían un gran placer, así que busqué pintura, ¡y eso fue el delirio! Cuando el orfanato cerró, monté mi propio taller.

Recorrió medio mundo en busca de tribus desconectadas de la civilización.

Sí, porque observé que todos los niños occidentales dibujaban las mismas cosas y me pregunté si era una cuestión cultural. Constaté que esos niños, preservados de la escolarización y la civilización, hacen las mismas figuras que los niños en nuestra sociedad, y que esta manifestación, ese trazo, es universal.

¿Cuál es entonces el origen?

No es lo que suponíamos: que los niños miran, registran y reproducen. Se trata de la memoria orgánica donde se almacenan todos los hechos de nuestra vida prenatal, el nacimiento y los primeros años de la vida. Se trata del programa genético que compartimos y que hoy las neurociencias llaman memoria celular.

¿Y usted la hace aflorar a través del juego de pintar?

Lo llamo formulación, un código universal de expresión. Considero que no solamente existe una memoria genética, sino un medio de expresión de esa memoria. Así creé la semiología de la expresión, un nuevo campo científico. En el trazo libre encontramos nuestro comienzo, es una manera de completar a la persona.

¿A través del trazo inconsciente?

Se trata de dejarse ir, de dejar aflorar y entender que no hay un después, pero en nuestra sociedad hace falta un entrenamiento para eso, porque hemos sido educados para ser razonables.

Me parece una cualidad.

Sí, pero sobrevalorada en detrimento de otras capacidades como la espontaneidad, algo que se produce más allá de la intención y del juicio de los otros. La formulación expresa una necesidad interior ignorada. Tenemos algo dentro de nosotros, un anhelo, y está a una profundidad que se nos escapa.

Abomina de la educación artística.

Es paralizante. Les llenamos de ideas teóricas que no les permiten ser espontáneos. Los jóvenes que han sido arrastrados de niños por los museos no quieren saber nada de museos. Mientras que los niños que han vivido el juego de pintar tienen mentes creativas y abiertas.

 

Extracto de la entrevista en la Contra, La Vanguardia 02.02.2017

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