Entrevista a Luciano Concheiro

Luciano Concheiro, historiador, sociólogo, filósofo y ensayista

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Creo que es necesaria una transformación existencial que trastoque no sólo cómo nos comportamos en sociedad, sino también nuestras relaciones con nosotros mismos, con la naturaleza; y nuestras prioridades en la vida.

¿Qué nos pasa?

La sociedad actual se caracteriza por la aceleración. Todo, desde la economía, la política y las subjetividades, vive bajo el yugo de la eficacia y la rapidez. Somos sujetos estresados, ansiosos, dispersos, deprimidos, con prisa. Vivimos en la inmovilidad frenética.

En la rueda del hámster.

Exacto, porque constantemente se suceden eventos, pero ninguno con la densidad suficiente como para transformarnos, para que se vuelva una experiencia verdadera. Hay mucho movimiento pero no hay desplazamiento.

Nuestras vidas están dedicadas a la producción y al consumo.

¿Cómo se para esto?

No se resiste a la velocidad queriendo dete­nerla, sino escapando a su dinámica. Lo único que puede enfrentarse al tiempo acelerado es el instante.

¿Esa breve porción de tiempo?

Es más que eso, es una experiencia temporal particular, una suspensión del transcurrir de los segundos y las horas, un tiempo estático que apenas dura, pero todos los tiempos están contenidos en él. Se trata, como decía D.T. Suzuki, del momento en el que el espíritu finito comprende que está arraigado en el infinito.

Suena místico.

Lo es, pero no es una experiencia extraña, en realidad todos lo hemos vivido de diferentes maneras: paseando; en una sobremesa con amigos; la lectura de poesía en voz alta, porque es ritmo, es música, y te saca del tiempo lineal…

¿Esa sensación dichosa de que no sabes cuánto tiempo ha pasado?

Sí, y en realidad lo que sucedió es que tuvimos una experiencia de comunión con el otro, con nosotros mismos o con la naturaleza y se suspendió la linealidad del tiempo acelerado. Utilicémoslo, construyamos una filosofía práctica del instante que se enfrente a la aceleración.

Está hablando de intensidad.

Sí, de favorecer esas experiencias que tienen una densidad notable, nada superficiales, en las cuales estamos volcados y viviendo las relaciones con el entorno y con nosotros de manera distinta; ya no hay una separación objetual, es una relación de comunión, es el encuentro con lo otro que te completa como sujeto; es lo que el amor hace, punto.

Pero vivimos una época de desamor.

Por eso estos pequeños gestos, estas cosas minúsculas, acaban siendo lo revolucionario hoy día. Es una filosofía de lo minúsculo, de la sombra, del escape, pero también de la transformación más radical: la del sujeto.

Entonces, ¿qué tiene de transformador?

Permitirnos ver que la vida que vivimos no es la única posible, que la vida con sentido está en otro lado que en el éxito y el consumo, en no ver al otro y lo que nos rodea como un producto,sino en hermanarte.

 

Extracto de la entrevista en la Contra, la Vanguardia 18.01.2017

 

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